martes, 23 de noviembre de 2010

El Rizo de la Muerte (parte XII)

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Llegaron a la ciudad cuando el día comenzaba a amenazar con despertar repentinamente; el cielo estaba nublado, incluso en la tenue oscuridad que aún cubría el cielo se podían apreciar las nubes; y los rayos de sol, tímidos, comenzaban a despuntar entre las colinas, abriéndose paso en un mar de oscuridad nocturna.



Como si de unos viajeros cansados más se tratase, se encaminaron al primer hotel que encontraron, “de algo ha de servirnos el dinero divino ¿no?” se repetía Laicame constantemente. La cuadrilla era algo disparatada y más que inquietante. Si bien era cierto que así debía ser un tan disparejo grupo como éste (un bebé, una mujer joven sucia y desaliñada, una vampiresa que acababa de descubrir que también era en parte hombre lobo y una licántropa convertida en no muerta); a los ojos de los inconscientes vespertinos viandantes, no eran más que tres pordioseras intentando encontrar un cobijo para aquel día; malolientes, inspiradores de poca confianza y predispuestos al abandono social.



Curiosamente, el recepcionista de aquel hotel de mediana categoría, no mostró asombro alguno al verlas, tampoco desconfianza o repugnancia, ni siquiera lástima… Parecía no sentir nada, como si de un androide mecanizado dispensador de llaves se tratara, solicito el dinero y deslizó por el mostrador dos tarjetas magnéticas, de ésas que han sustituido a las tradicionales pesadas llaves con llaveros imposibles; sin apenas reparar en el pintoresco elenco de mujeres que estaba de pie junto a él.



Ansiosamente la única hembra humana de aquella nueva familia, se dirigió, a paso más que apresurado, hacia el abundante bufet de desayuno que se ofertaba en el comedor. Corría de la máquina de café al surtido de dulces, engullendo, sin masticar, una miscelánea de tortillas y chocolate, que regaba con la variedad de zumos e infusiones que ofertaba el hotel. Aritimi, exhausta, con multitud de quemaduras en su blanca piel, se marchó directamente a descansar o, al menos, a intentarlo a una de las habitaciones. Laicame sostenía al bebé que ya había pasado de estar hambriento a famélico. Quiso advertir a la joven sobre el estado del infante, pero comprendió, que en aquel estado de nervio y gula, sería incapaz de prestarle atención; así que, sin mediar palabra, abandonó el recinto en busca de una farmacia para atender a las necesidades básicas del llorón afónico que acunaba cariñosamente la no muerta mutada, inmune al sol, sin sed de sangre y humanamente compasiva.



Mientras Aritimi luchaba contra su monstruo interior, llorando rabiosa por la masacre que había originado, maldiciéndose por su ansia de sangre, odiando en lo que se había convertido; Laicame buscaba por la ciudad amanecida alguna farmacia, acunando maternalmente a un desfallecido infante; y la joven continuaba engullendo, ajena al mundo, saciando un hambre voraz, despreocupándose, por un instante, de la inquietante y poco certera compañía que hasta ahora le había proporcionado libertad y una nueva oportunidad de sobrevivir.



Por alguna razón, la conversión de Laicame a sanguijuela chupasangre, asesina insensible de inocentes y culpables, distaba mucho de la que su propia hermana había experimentado. Controlaba sin demasiado esfuerzo su ansía de plasma, el sol no abrasaba su piel, la noche no le llamaba y el día no le dañaba; por alguna razón, su alma parecía permanecer intacta, por alguna razón, era dueña de su voluntad.



Aritimi, por su parte, advertía que su lado mortal iba cediendo paso, quizás con demasiada premura, a una sensación de oscuro poder que si bien le repugnaba por lo que acarreaba, también hacía que se sintiera al margen de las leyes no escritas sobre el bien y el mal. Entre lágrimas secas y alaridos de rabioso dolor, acabó rindiéndose al sueño, al agotamiento más psicológico que físico, sumiéndose en una placentera y reparadora ensoñación. Tan profundamente dormía que no advirtió la llegada de Laicame, que tras alimentar al rorro con la delicada dulzura que es creído que sólo una madre puede amamantarlo, se lo cedió a la ya saciada joven que luchaba contra sus párpados para permanecer alerta en la habitación contigua; sin duda, desconfiando de las que hasta ahora habían obrado como sus ángeles guardianes; al recordar con la furiosa fuerza sobrehumana con la que habían peleado contra un centenar de adversarios resultando ellas, relativamente ilesas, no podía imaginarse lo sencillo que les resultaría terminar con ella…



La mañana continuó su camino inmutable y, poco a poco, el estado de alerta de la vecina de la habitación de al lado fue decayendo, rindiéndose a Morfeo, acurrucada en una esquina de la cama rodeando al pequeño con sus brazos; no tanto para protegerlo como para no sentir la soledad que pesaba sobre ella.



Cuando el sol alcanza el punto más alto del día, Aritimi abrió los ojos. Las cortinas paliaban la luz, pero dejaban penetrar una claridad que poco a poco comenzaba a abrasar su epidermis requemada. El dolor no era tan punzante como el de la noche anterior, pero las heridas no habían sanado completamente y un escozor escalofriante terminó ganado a la lasitud, obligándola a incorporarse de la cama, buscando un recoveco oscuro donde poder descansar algo más. Un armario angosto, con un fuerte olor a antipolillas, repleto de mantas viejas, fue el único lugar que le pareció seguro; y allí, acabó durmiendo unas horas más.



La primera en abandonar el somnoliento estado por completo fue Laicame. En un principio, creyó que su hermana deambularía por el hotel al no encontrarla recostada en la cama de al lado pero, sin comprender el porqué, se dirigió con seguridad al armario y, al abrirlo, allí la encontró, colgando bocabajo cual murciélago, de la barra que habría de servir de soporte para la ropa de los visitantes que ocuparan la estancia. Aquella ortopédica postura no era lo que la escamaba, había visto a cientos de ellos durmiendo en idéntica posición cuando habitó en la cueva, sin embargo jamás se percató de que cubrieran, a modo de abrigo, su cuerpo con las alas. Unas alas que solían permanecer ocultas; unas alas que Aritimi sólo había batido una vez; unas alas que no todos los descendientes de Nosferatum desarrollaban; unas alas que significaban algo más.



Tras el impactio inicial de corroborar, con más veracidad si era posible, que su hermana, sangre de su sangre, había completado una transformación que la condenaría a deambular por la noche eternamente, Laicame abandonó la habitación.



-¿Lista para regresar a casa?- Dijo con voz suave Laicame desde el pasillo, casi rozando con los labios la puerta que resguardaba a la joven y al infante del frío, el miedo y la desolación.



La puerta se deslizó silenciosa y una hermosa muchacha había resurgido de la mugrosa compañía de los últimos días.



-¿Y ella no viene?- Dijo señalando a la puerta contigua donde Aritimi continuaba durmiendo.-Quisiera despedirme, agradecerle todo lo que ha hecho por nosotros… Le debemos la vida…



-Lo sabe, no te apures. Ahora duerme, mejor así.



Abandonaron el hotel, descansadas, con nuevas ilusiones, con un renovado apego por la vida y con el quinqué repleto de imágenes que a cualquiera le harían permanecer insomnes el resto de la vida.



-¿Sabes?-Dijo Laicame-Quizás tú hayas salvado lo que quede de nuestras almas.



Caminaron durante horas, siguiendo las indicaciones de la joven. Finalmente llegaron a un edificio sencillo, en un barrio obrero de la ciudad, con amplias zonas verdes y repleto de serpenteantes callejones.



-¡Ahí es! ¡Ahí es!-Gritó entusiasmada la muchacha mientras giraba el rostro el dirección a donde debía estar su metamorfoseada guardiana; pero ya no había nadie, Laicame se había volatilizado.-¡¡¡GRACIAS!!!- Gritó mirando al cielo un segundo antes de echar a correr hacia el portal de aquel humilde edificio, hacia su hogar.



-¡¡¡NOOOOOO!!!- Se escuchó retumbar en todo el hotel, en todo el barrio y llegó a los oídos de Laicame que se encontraba a varias horas a pie de distancia.



-¿Aritimi?-Sin dudarlo comenzó a correr velozmente, aún en su forma humana era tremendamente rápida. Se impulsaba con las piernas de árbol en árbol, en las fachadas de las construcciones cercanas, casi no podía ser percibida por el ojo humano. En unos minutos había regresado al figón. Abrió la puerta temerosa, girando el pomo lentamente y…



-¡Laicame quítamelos! ¡QUÍTAMELOS!



Halló a su hermana emparedada entre dos espejos de pie. Su rostro comenzaba a arrugarse, como si el peso de diez siglos se agolpara en ella; sus manos no eran más que puro hueso recubierto por una fina capa de piel pálida y quebradiza. Sin dudarlo, sin hacer preguntas, lanzó ambos reflectores de imagen por los aires, cayendo al suelo y desquebrajándose en mil pedazos al tiempo que recogía a Aritimi del suelo y, en volandas, la sacó de la habitación antes de que éstos llegaran a romperse. Su velocidad era increíble, incluso a ella llegaba a sorprenderla.



-¿Qué ha pasado? ¿Quién…? ¿Por qué? ¿ QUÉ HA PASADO?-Comenzó a preguntar nerviosamente Laicame.



-No sé, descansaba y de pronto sentí como me movía, fue una sensación extraña; estaba pensando en lo afortunada que sería si llegara a estar muerta totalmente, sin ser más esto, sin más masacres… y un dolor profundo me sacó de mis pensamientos. Vi un espejo frente a mí, pero no vi mi reflejo. Otro guardaba mi espalada. Comencé a envejer, como a desintegrarme; el dolor era insoportable…



-Pero…



-No sé más Laicame, eso, es lo que ha pasado; eso, es lo que sé.



-Está bien, está bien… no te preocupes. Casi a anochecido y podrás salir.



-Debemos buscar a Manman, ella debe explicarnos.



-Pero Aritimi, tú no tienes fuerzas para luchar, ¿y si te ataca?



Como ya se había convertido en costumbre en Aritimi, giró sobre sus propios pasos y comenzó a caminar.



-Aritimi, no puedes marcharte sin más cuando algo no te gusta. Ya no eres una niña, ya no sabes ni lo que eres y debes…



-¿Debo qué, Laicame? Debo saber lo que soy y Manman puede explicármelo. No entiendo nada y quiero empezar a comprender. Resulta que no sólo soy un vampiro si no que mi padre es descendiente de los licántropos; mi hermana, tú, a la que creí ver morir con mis propios ojos, sigue viva, o al menos parte de ella, siendo mitad vampiresa y mitad lobo, pero controlando su sed, pudiendo caminar bajo la luz del sol; y yo… ¿yo tengo alas y casi muero por dos puñeteros espejos? Necesito saber Laicame…



El silencio inundó el pasillo del hotel hasta que un aleteo, lejano en un principio y ensordecedor instantes después, ensordeció el espacio. Cientos, quizás de miles de murciélagos comenzaron a romper los cristales penetrando en el recinto. Los huéspedes, histéricos, abandonaban aterrados sus habitaciones y huían despavoridos. Por la escalera, una marea de ratas ascendía invadiendo piso a piso el lugar por completo; y un desconcertante aullido desde el exterior auguraba lo peor.



-Son lobos Aritimi… -Dijo la desconcertada Laicame.- ¡ARITIMI!



Aritimi estaba levitando a un par de palmos del suelo, con las alas extendidas y los ojos inyectados en sangre; con la cabeza colgando hacia delante y el pelo lacio, que un día fue negro y se había tornado cano, cubriendo parcialmente su rostro.



El pánico iba en aumento, la desesperación de Laicame crecía. Nadie entendía nada, nadie se aventuraba a preguntar. Todos huían despavoridos, aterrorizados, para salvar sus vidas. Laicame permanecía inmóvil frente a su hermana, paralizada.

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